Un campesino encontró una ardilla en una trampa y, compadecido, la liberó.
El animal pensó en agradecérselo: se transformó en una bonita tetera y se metió en el
saco.
El campesino quedó muy sorprendido al ver la tetera, que no sabía como
había ido a parar allí y que debía ser muy valiosa.
Decidió entonces dársela a los sacerdotes del templo para que le
tuvieran siempre en cuenta en sus oraciones. Pero cuando uno de los sacerdotes puso la
tetera en el fuego para hervir el agua, oyó unos espeluznantes gritos de dolor.
"La tetera está endemoniada", gritaron los sacerdotes.
Vinieron otros sacerdotes, pero la tetera hervía normalmente. Todo hacía
pensar que hubiera sido una alucinación, pero, por si acaso, el sacerdote llamó al
campesino y le devolvió la tetera.
Aquella noche el hombre fue despertado por una vocecita: era la tetera
pero ahora tenía la cabeza, la cola, y las patas de la ardilla.
"Llévame al mercado, bailaré para ti y te haré rico", dijo la
tetera.
Y así se hizo: ver una cosa medio tetera, medio ardilla, bailando sola,
era un espectáculo tan extraordinario que todos acudían y pagaban para verlo.
El campesino se hizo efectivamente rico y en poco tiempo tuvo suficiente
dinero para el resto de su vida. Entonces, en vez de continuar acumulando más dinero,
decidió dejar descansar la tetera a la que tanto debía y, para evitar que cayera en
manos de alguna persona avariciosa, la llevó nuevamente al templo, cuyos sacerdotes se
encargaron de custodiarla.
Desde entonces han pasado mil años, pero la tetera todavía está allí y
disfruta de los rayos del sol que entran por las ventanas.