En la selva africana vivía un conejo que, aunque ya era muy sabio, quiso
serlo todavía más y se dirigió al hechicero.
"Tráeme una serpiente pitón viva y después ya veremos", dijo
el hechicero.
El conejo cortó una rama larga y fue a la madriguera de la pitón, que
dormía enroscada. La despertó y le enseñó la rama:
"Te das mucha importancia, pero esto es más largo que tú".
"No digas tonterías", dijo la pitón.
"Hagamos la prueba. Déjame medirte", dijo el conejo.
La pitón se extendió junto a la rama, estirándose todo lo que podía, y
el conejo la ató rápidamente.
"Muy bien", lo alabó el hechicero. Ahora tráeme un enjambre de
abejas.
El conejo vació una calabaza, metió miel en ella y la colgó junto a una
colmena. En cuanto entraron todas las abejas, el conejo tapó el agujero y se la llevó al
hechicero.
El hechicero, viendo que el conejo había superado también la segunda
prueba, untó un poco de crema entre las orejas, apareciéndole una manchita blanca en la
frente, señal de la sabiduría, que todavía tienen hoy todos los conejos africanos.
CUENTO AFRICANO