Riquete, el del copete

Había una vez una reina que tuvo una hija guapísima a la que llamó Ricitos. Pero su alegría quedó nublada por las palabras de un hada: "Reina, Ricitos crecerá cada vez más bella y gentil, pero siento decirte que no tendrá ni una brizna de inteligencia. Será tan tonta como hermosa. Sin embargo, tendrá un don: volverá hermoso al hombre que ame".

En el reino vecino, había otra reina que, tras haber deseado años y años tener un hijo, dio a luz uno, pero feísimo: era cojo, con la espalda torcida y un ridículo mechón de cabellos en la frente. Por eso le llamaban Riquete el del copete. Cuando la madre lo tenía en brazos, lloraba de desesperación. Un hada se apiadó de su dolor y le dijo: "No llores, hermosa reina. Todo lo feo que es Riquete, lo será de inteligente y prudente, y tendrá el don de transmitir su sabiduría a la mujer que ame".

Pasaron los años. En la corte de Ricitos, los jóvenes acudían atraídos por su belleza, pero después de haberla oído, y ver que no decía dos palabras sensatas seguidas, se desinteresaban de ella. Poco a poco, Ricitos se fue quedando cada vez más sola y triste. Iba con frecuencia a un bosquecillo a llorar sin que nadie la viese.

Un día, encontró en aquel bosquecillo a Riquete, el del copete, que viéndola tan bella y triste la pidió en matrimonio: con esta boda, Ricitos dejaría de sufrir porque, explicó Riquete, él tenía el don de transmitir su sabiduría a la mujer que amara.

Ricitos aceptó, y Riquete le concedió un plazo de un año. El año pasó deprisa para Ricitos, que cada día era más inteligente y encantaba a los jóvenes más hermosos. ¿Qué iba a decirle ahora a Riquete, que vendría emocionado a casarse con ella?

Cumplido el plazo, Riquete se dirigió a buscar a Ricitos.

Riquete llegó al salón del trono, sonaron las trompetas y se presentaron armas. Riquete se arrodilló ante Ricitos, que mantenía la mirada baja. Pero cuál no sería su sorpresa, cuando, al alzar los ojos, vio a un joven bellísimo.

"Gracias", le dijo Riquete. El amor que nació en tu corazón por mí, ha roto el hechizo que me hacía feo, al igual que mi amor por ti ha roto el hechizo que te hacía tonta a ti. Ven, Ricitos, celebremos las bodas. Y fueron muy felices el resto de su vida.

Charles Perrault