La pobre viejecita
Y a no ser por sus zapatos chanclas, botas y escarpín, descalcita por el suelo anduviera la infeliz.
Apetito nunca tuvo acabando de comer, ni gozó salud completa cuando no se hallaba bien.
Se murió de mal de arrugas, ya encorvada como un 3, y jamás volvió a quejarse ni de hambre ni de sed.
Y esta pobre viejecita al morir no dejó más que onzas, joyas, tierras, casas, ocho gatos y un turpial.
Duerma en paz, y Dios permita que logremos disfrutar las pobrezas de esta pobre y morir del mismo mal.

 

 

Rafael Pombo