| Había en el campo un perro que era muy
travieso. Era grande y peludo, y con unas grandes orejas que se paraban como antenas
cuando iba de caza. Los campesinos lo detestaban porque vivía metido en las cocinas de
las casas robándose el pan. Pero quienes más lo odiaban
eran los demás animales del campo porque también los robaba: a la gallina le robaba sus
huevos y una que otra vez los pollitos se convertían en su comida; a las ardillas le
robaba las nueces; a los cuervos les robaba el maíz; y a los zorros les robaba la carne
de las presas que ellos cazaban. Además le gustaba asustar a los animales más débiles.
Un día los animales del bosque se reunieron para darle una lección al perro goloso.
Una vez acordado el plan, el zorro se
ubico en un lugar por donde siempre pasaba el perro en busca
de alimento. El zorro colocó junto a su hocico un jugoso trozo
de carde de venado y se hizo el dormido. Efectivamente el
perro llegó al lugar y al ver el trozo de carne se le hizo
agua la boca. Arrastrándose como una serpiente, el perro se
acercó cuidadosamente hasta el zorro y con mucha discreción
arrastró con sus dientes el trozo de venado intentando hacer
el menor ruido para despertar al zorro.
El perro se alejó unos metros con el trozo de carne agarrado
fuertemente entre sus dientes, y luego de que estuvo seguro de que el zorro no había
despertado, rió y se dispuso a comer su botín.
|