Pedro y el lobo
Después venían los cuatro cazadores que llevaban a hombros al lobo colgado de la vara: detrás iba el gato, con el rabo levantado. Había vuelto a aparecer en cuanto había pasado el peligro y también quería ser parte en los honores.

Sólo faltaba el pobre pato, que con su inocente deseo de darse un baño en el arroyo, había sido la causa involuntaria y la víctima de aquella tragedia.

Y sin embargo, si se escuchaba con atención, se había dicho que también estaba él: de vez en cuando se oían claramente sus cua-cua, pero muy débiles y lejanos, y no se llegaba a saber de dónde venían.

Una vez más fue Pedro el que se dio cuenta. Agarró un cuchillo y abrió la tripa del lobo. El pato saltó, porque como se lo había tragado de un bocado, todavía estaba vivo y coleando.

El niño cosió rápidamente la herida y así salvó también la vida del lobo, que todavía vive: Quien vaya al zoológico, puede reconocerlo por la larga cicatriz que tiene en la tripa y porque se mantiene prudentemente alejado de todos los petirrojos.

CUENTO RUSO