El gato había conseguido saltar a tiempo
a otro árbol, pero ahora el lobo también lo amenazaba.
Pedro, que se había quedado junto a la verja mirando, decidió
valientemente lo que había que hacer. Fue a buscar una cuerda
larga, hizo un nudo corredizo y lo lanzó por encima de la
valla, sujetándolo en una rama del abedul, y por aquella pasarela
aérea pudo llegar hasta el petirrojo. "Intentan distraer
al lobo", le dijo.
El pájaro se puso a volar alrededor del peligroso animal que, para intentar atraparlo,
empezó a dar vueltas. En el árbol, Pedro esperó el momento oportuno para lanzar el nudo
corredizo. Atrapó al lobo por el rabo y lo levantó en el aire, sujetándolo a una rama.
En ese momento salieron cuatro cazadores del bosque, empuñando sus fusiles. Vieron al
lobo y empezaron a disparar como endemoniados, pero Pedro, temiendo por sus amigos gritó
con todas sus fuerzas: "No disparen, el lobo lo hemos atrapado mi amigo el pajarillo
y yo. Mejor vengan a ayudarme a atarlo y llevarlo al zoológico".
Los cazadores dejaron de disparar. Estaban extrañadísimos: al principio no podían
creer lo que Pedro les gritaba. Al final, no tuvieron más remedio que creerle y todos lo
felicitaron.
Mientras los cuatro cazadores y el niño colgaban al lobo de una
larga vara, atado por las patas para poder llevarlo a hombros
sin peligro, llegó el abuelo, que no podía creer que su nieto
hubiera realmente realizado semejante hazaña, digna de un
experto y valeroso cazador, pero al fin tuvo que rendirse
a la evidencia y se puso en cabeza, muy orgulloso, de aquella
caravana que se dirigía en triunfo a la cercana ciudad.
Tras el anciano iba Pedro, sobre cuya cabeza revoloteaba, casi como una corona de
plumas, el petirrojo, orgullosos también de sí mismo por la parte importante que había
tenido en la captura del lobo.