Llegó el invierno y la superficie del estanque empezó a helarse poco a
poco. Para no quedar atrapado entre el hielo, el patito feo tuvo que seguir moviendo el
agua a su alrededor, sin un momento de reposo, luchando para sobrevivir contra el
cansancio y el hambre.
Tuvo que luchar contra adversidades de todo tipo, pero
después volvió la primavera y el estanque volvió también a estar
verde y azul, tibio y tranquilo.
Entonces el patito feo estiró el cuello y las patas;
probó a estirar también las alas y.... echó a volar. Había
crecido mucho aquel invierno y claro, también le habían crecido
las alas.
Con un suave aleteo voló por encima de los árboles
de un magnífico parque, hasta un lago donde nadaban los elegantísimos
cisnes que tanto había admirado en otoño.
Los cisnes estuvieron muy contentos de recibirlo porque el pobrecillo, al
que durante tanto tiempo todos habían considerado un patito feo, era tan diferente de los
demás patitos sencillamente porque ¡Era un cisne!.