La pastorcilla con falda de flores y su
gran sombrero de paja estaba sobre la mesita debajo del espejo, y a su lado se hallaba el
deshollinador. Las dos figuritas eran de cerámica, muy románticas y graciosas. Desde
el primero momento se habían enamorado y planeaban casarse, pero el viejo muñeco
Pierrot, que estaba sentando en la misma mesa, decía que era el abuelo de la pastorcita y
que había prometido la mano de su nieta a la máscara del dragón chino que se hallaba
colgada de la pared.
Cuando la pastorcita se enteró, temió que su corazón de cerámica se le rompiera de
dolor. El pobre deshollinador le propuso huir con él para no tener que casarse con el
dragón, y ella, desesperada, aceptó.
Treparon por el tubo de la estufa y salieron al tejado. Arriba brillaban las estrellas
y abajo, todas las luces de la ciudad. La pastorcita nunca hubiera imaginado que el mundo
fuera tan grande y misterioso. Se asustó y quiso volver.
El paciente deshollinador enamorado, también bastante asustado,
no supo decirle que no y las dos estatuillas regresaron.
Al volver a ocupar su lugar en la mesita, notaron que algo había cambiado.
Durante su ausencia, el viejo Pierrot, intentando seguir a su nieta, se había caído
de la mesa y se había roto la cabeza. Sus dueños lo habían pegado con cola y con una
grapa de hierro, pero ahora su cuello estaba rígido y ya no podía decir que si al
dragón que quería la mano de su nieta. Felizmente aquel proyectado matrimonio pudo
celebrarse.
La pastorcilla quedó en libertad de casarse con el deshollinador y vivieron felices y
contentos toda la vida
HANS CHRISTIAN ANDERSEN