La oveja negra

Las primeras noches tuvo miedo de la soledad y del tigre, pero después de una semana comenzó a gozar de los privilegios de su nueva vida. Saltaba alegre debajo de los tunos, se echaba al sol en el prado, se quedaba dormida junto a la quebrada, oyendo el rumor del agua, y se paraba a balar en lo más alto del cerro, como proclamándole al mundo su contento.

Una mañana se encontró con el tigre, que la saludó de esta manera:

– Buenos días, doña ovejita distinta. Y te digo así porque* en poco tiempo de buena vida eres realmente otra. Antes impresionabas por lo flaca y desmirriada. Ahora luces gorda, imponente, hermosa. Además de que en el balido se te notan la salud y el buen genio.

– En realidad me siento distinta de lo que era –contestó la oveja.

Y eso, ¿a quién se lo debes?

– A ti, buen amigo.

– Es apenas justo que lo reconozcas –observó el tigre–. Y agregó:

– Valdría la pena que te vieran las otras ovejas: las que se quedaron en el fétido corral.

– Estoy seguro de que se morirían de envidia.

No se necesita mucha malicia para adivinar que esa misma tarde la oveja fue a visitar a sus antiguas compañeras, sin pasar, naturalmente, la cerca de púas.