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Resulta que como por el colorido oscuro recibía los topones de sus
compañeras y la propia madre parecía quererla menos que a las blancas, esta ovejita
tonta vivía amargada y resentida. Por eso le quedó sonando lo que le dijo el tigre,
deslizado un atardecer hasta el tunal o conjunto de tunos en donde nacía la
"mana", de modo que el agua y la fresca sombra formaban un bebedero
incomparable.
Ovejita triste: para soportar golpes y desprecios, mejor
estarías en los cerros, sin pastor que te trasquile y sin colegas blancas que te joroben
la vida.
Pero si yo me fugo de aquí, me vas a comer en cualquier
matorral.
Ovejita mal pensada contestó el felino, haciéndose el
disgustado. Inténtalo y te convencerás de que nunca has tenido mejor amigo, te doy
mi palabra. Además, para tu tranquilidad te informo que la carne de cordero se me
indigesta: lo mismo debe pasar con la de oveja.
Entonces la ovejita negra pensó que aquella propuesta se la hacía, de
la mejor buena fe, un poderoso señor, instalado en espléndida casa, a la entrada del
páramo. Y ya sin la menor desconfianza, se escapó del corral de tablas y del potrero
cercado con alambre de púas, y se perdió en los charrascales del cerro en donde, en
verdad, no escaseaba el pasto. |