Una monedita de plata había dado la vuelta por todo el país
pasando de una mano a otra, y después fue llevada al extranjero,
cada vez más lejos de su tierra. En los monederos en que caía durante
breve tiempo, encontraba gente interesante: franceses, españoles;
unos decían llamarce Marco, otros esterlina... Aquella vida llena
de movimiento le gustaba mucho.
Pero un día se sintió ofendidísima:
- "Esta moneda no vale"
-"Es falsa"
Era injustamente acusada sólo porque había acabado en
otro continente, donde nadie la conocía.
Desde entonces, todo cambió. Nadie la quería; y si alguien conseguía
colocársela a otro, se moría de vergüenza, como si fuera ella la ladrona.
Un día oyó que la recibían con una alegre exclamación:
"Mira, una moneda de mi país, que suerte".
El emigrante la trató con cariño, porque para él la moneda era como un
trozo de su tierra. La guardó celosamente y la envolvió en papel de seda para evitar
darla por equivocación.
HANS CHRISTIAN ANDERSEN