Un día, la mamá cabra tuvo que dejar
solos en casa a sus siete cabritos, pero antes les previno contra el malvado lobo y sus
astucias. Por ello, cuando el lobo llamó a la puerta y dijo que era la madre que ya
estaba de vuelta, los cabritos no se dejaron engañar, y respondieron:"No, tú
eres el lobo malo. Nuestra madre tiene una voz dulce y bonita".
El lobo volvió a intentarlo más tarde, después de haber comido mucha miel para que
su voz fuera dulce; pero tampoco funcionó. Ahora fue descubierto por su pata, negra y
peluda, con la que enseñaba a los cabritos los regalos que les había traído fingiendo
ser su madre.
El lobo fue al panadero y le obligó a hacerle una pata de cabra con la masa del pan.
Esta vez los cabritos creyeron que era su madre de verdad, abrieron y en un instante el
lobo se los comió a todos, menos a uno, que había tenido tiempo de esconderse en el
armario.
Cuando mamá cabra volvió, supo por el único sobreviviente
lo sucedido, pensó que quizás sus hijos estuvieran todavía
vivos en la tripa del lobo, y salió en busca de aquel bribón.
Encontró al lobo al pie de un árbol. Al tener lleno el estómago se había quedado
profundamente dormido, pero en su panza se distinguían unos bultos: eran las cabezas de
los cabritos.
Con las tijeras, mamá cabra sacó a sus hijos y metió en su lugar piedras. Después
volvió a coser la tripa tan bien que el lobo no se dio cuenta de nada, pero cuando fue a
beber al río, el peso de las piedras le hizo perder el equilibrio, cayó al agua y se
ahogó.
Los siete cabritos se hicieron grandes y fuertes, con buenos cuernos para defenderse de
los lobos.