Y esta pobre viejecita no tenía qué vestir sino trajes de mil cortes y de telas mil y mil.

Y esta pobre viejecita no tenía qué vestir sino trajes de mil cortes y de telas mil y mil.

Y a no ser por sus zapatos chanclas, botas y escarpín, descalcita por el suelo anduviera la infeliz.

Apetito nunca tuvo acabando de comer, ni gozó salud completa cuando no se hallaba bien.


 


Se murió de mal de arrugas, ya encorvada como un 3, y jamás volvió a quejarse ni de hambre ni de sed.

Duerma en paz, y Dios permita que logremos disfrutar las pobrezas de esta pobre y morir del mismo mal.

Y esta pobre viejecita al
morir no dejó más
que onzas, joyas,
tierras, casas, ocho gatos
y un turpial.