


Érase
una viejecita sin nadita que comer sino carnes, frutas, dulces, tortas, huevos,
pan y pez.
Bebía caldo, chocolate, leche, vino, té y café, y la
pobre no encontraba qué comer ni qué beber.
Y esta vieja no tenía ni un ranchito en qué vivir fuera de una
casa grande con su huerta y su jardín.
Nadie, nadie la cuidaba sino Andrés, Juan y Gil y ocho criadas y dos
pajes de librea y corbatín.
Nunca tuvo en qué sentarse sino sillas y sofás con banquitos y cojines y resorte al espaldar.