


Marcelino
se dedicaba a fabricar zapatos. Era lo que sabía hacer casi desde niño.
Ahora, con una esposa y tres chiquillos, su oficio a duras penas le dejaba
para comer. Una noche se acostó muy triste pensando en sus problemas
pero con la esperanza de poder convertir los pedazos de cuero que cortó
al atardecer, en un par de lindos zapatos.
La pobreza de Marcelino no le impedía ser generoso
con los más necesitados y el premio a su bondad no tardaría
en llegar.