Marcelino se dedicaba a fabricar zapatos. Era lo que sabía hacer casi desde niño. Ahora, con una esposa y tres chiquillos, su oficio a duras penas le dejaba para comer. Una noche se acostó muy triste pensando en sus problemas pero con la esperanza de poder convertir los pedazos de cuero que cortó al atardecer, en un par de lindos zapatos.

La pobreza de Marcelino no le impedía ser generoso con los más necesitados y el premio a su bondad no tardaría en llegar.

Al día siguiente, se dispuso a trabajar en su humilde taller y ¡Oh sorpresa! encontró un par de hermosos zapatos que con toda su experiencia, estaba seguro que no podría hacer.
Compró y cortó más material, el cual dejó para coser al día siguiente. Y otra vez volvió a encontrar dos pares de zapatos más lindos aún que los primeros. Y así, día tras día.
Los vendió, solucionó las necesidades de su familia
y le quedó para compartir
con los demás.