


Hace muchísimo tiempo, en la ciudad de Hamelíng, sucedió algo muy extraño: una mañana, cuando los habitantes salieron de sus casas, encontraron las calles invadidas por miles de ratones que merodeaban por todas partes, devorando, insaciables, el grano de sus repletos graneros y la comida de sus bien provistas despensas.Nadie acertaba a comprender la causa de tal invasión, y lo que era aún peor, nadie sabía qué hacer para acabar con la plaga.
Por más que pretendían exterminarlos o, al menos, ahuyentarlos, tal parecía
que cada vez acudían más y más ratones a la ciudad. Tal era la cantidad de ratones que, día tras día, se enseñoreaba de las calles y de las casas, que hasta los mismos gatos huían asustados.
Ante
la gravedad de la situación, los hombres
de la ciudad, que veían peligrar sus riquezas por la
voracidad
de los ratones, convocaron al Consejo y dijeron: "Daremos cien monedas
de oro a quien nos libre de los ratones".
Al
poco tiempo se presentó ante ellos un flautista taciturno, alto y desgarbado,
a quien nadie había visto antes, y les dijo: "La recompensa será
mía. Esta noche no quedará ni un sólo ratón en
Hamelíng".